Dos años antes, en 1894, había recibido una llamada urgente para intervenir en una emergencia médica en Barrow Farm.
A su llegada, encontró a una de las hermanas gemelas en pleno trabajo de parto.
El parto había sido difícil y peligroso, y había requerido toda su habilidad para asegurar la supervivencia de la madre.
Lo que le preocupaba, explicó, era el extraordinario secretismo que había rodeado el evento.
Durante el último kilómetro de la aproximación, iba con los ojos vendados y era guiado por la otra hermana, quien se negaba a responder a sus preguntas.
Al parecer, el padre estaba postrado en cama en otra habitación, pero Cross nunca lo vio.
Tras el traspaso de poder, le pagaron en efectivo y, una vez más, le vendaron los ojos al marcharse, con instrucciones estrictas de no hablar jamás de lo sucedido.
Galloway se inclinó hacia adelante, con los instintos repentinamente agudizados.
¿Había examinado el médico al niño?
Cross negó con la cabeza.
La otra hermana tomó inmediatamente al bebé, envuelto en mantas.
Lo había oído llorar una vez, un leve gemido, pero nada más después.
Había supuesto que el niño estaba en otra habitación, aunque el silencio absoluto que siguió le pareció extraño.
Como médico, Cross estaba sujeto a ciertas obligaciones éticas con respecto a la confidencialidad de los datos de sus pacientes, razón por la cual permaneció en silencio durante dos años.
Pero la visita previa del sheriff y sus preguntas habían suscitado sus propias preocupaciones.
¿Dónde estaba ese niño ahora?
Si una de las hermanas había dado a luz, ¿por qué nadie en la comunidad había visto jamás al bebé?
¿Y el padre?
¿Quién era él y dónde estaba ahora?
Las implicaciones de las palabras de Cross se cernían sobre la obra como un peso tangible: un niño nacido en secreto, un primo desaparecido, una familia que vivía en completo aislamiento tras muros de silencio.
Galloway agradeció al médico y le aseguró que su conversación se mantendría confidencial.