Me quedé paralizada en la encimera de la cocina, mirando fijamente el tazón mientras aquella extraña hebra blanca flotaba en la clara. Sentí un nudo en el estómago. En un mundo lleno de historias alarmantes sobre alimentos contaminados y peligros ocultos, mi mente se precipitó a las peores conclusiones posibles. ¿Sería un parásito? ¿Una señal de que el huevo se había echado a perder? ¿Había traído sin saberlo algo peligroso a mi casa? Cuanto más lo miraba, más inquietante me parecía. No recordaba haberlo visto antes, y esa extrañeza me resultaba amenazante.
Con cuidado, abrí los huevos restantes del cartón uno por uno, examinándolos con creciente ansiedad. Me temblaban ligeramente las manos mientras buscaba más de aquellas misteriosas hebras. Curiosamente, todos los demás huevos parecían completamente normales. En lugar de tranquilizarme, aumentó mi preocupación. ¿Por qué este huevo? ¿Qué lo hacía diferente? Me parecía irracional, pero no podía quitarme de la cabeza la sensación de que me había topado con algo malo.