Necesitaba tres segundos más.
La vergüenza se extendió por su rostro, cálida y silenciosa. Marina no sonrió. No lo castigó. Ni siquiera mostró satisfacción. Simplemente sostuvo un expediente médico en la mano y habló con calma profesional.
“El señor Albright se encuentra estable por ahora. Pero esta noche será crucial.”
Antes de que Sebastián pudiera responder, Patricia miró a Marina de arriba abajo con disgusto. “¿Eres tú la que está asignada a Ernest? ¿Una enfermera cualquiera?”
La expresión de Marina no cambió.
Sebastián no dijo nada.
Y de alguna manera, ese silencio fue peor que lo que había dicho en el coche.
Esa noche, el estado de Ernest empeoró. Las máquinas emitieron un chirrido ensordecedor. Los médicos entraron apresuradamente. La familia Albright permaneció fuera de la habitación, discutiendo acaloradamente sobre las firmas, la autoridad médica, las acciones de la empresa y quién controlaría el consejo de administración si Ernest fallecía antes de modificar su testamento.