Cruzó el salón entero, esquivó a dos meseros, y se sentó frente a mí. Tomó mis manos entre las suyas, esas manos gastadas por la máquina de coser, y me miró a los ojos como no me miraba desde que era chiquito.
Perdóname, mamá. No debí permitir esto ni un segundo. Tú eres la razón por la que estoy vivo, por la que estudié, por la que soy alguien. Y si en esta mesa no hay lugar para ti, entonces yo tampoco pertenezco allá.Se hizo un silencio incómodo en el salón. Camila se levantó furiosa, con las mejillas encendidas, y vino hasta nosotros. Empezó a hablar en voz baja, pero apretada, diciendo que estaba haciendo un papelón, que sus padres nunca la iban a perdonar, que qué iban a pensar los invitados. Andrés la escuchó sin interrumpirla. Cuando ella terminó, él respondió con una calma que me sorprendió.