Mi mamá giró con furia.
—Cállate.
—¡No puedo! —gritó Daniela—. Si no le dices, van a venir.
Sentí un golpe frío en el estómago.
—¿Quiénes van a venir?
Mi papá dejó las pinzas junto al lavadero. Por primera vez lo vi viejo.
—No es asunto tuyo.
—Hace cinco minutos quemaron mi supuesto cheque. Ya lo hicieron asunto mío.
Daniela se cubrió la cara.
—Álvaro debe dinero.
Álvaro era su prometido. El hombre que mis papás presumían porque tenía “mentalidad de empresario”. Usaba camisas caras, hablaba de inversiones y siempre invitaba pagando con tarjetas que nunca parecían tener límite.
—¿Cuánto? —pregunté.
Nadie respondió.
—¿Cuánto, Daniela?
—Casi un millón y medio —susurró.
Mi mamá cerró los ojos.
—No era para tanto si tú nos ayudabas.
Me quedé helada.
—¿Me exigieron la mitad porque el novio de Daniela se endeudó?
Mi papá levantó la voz.
—No entiendes. Tu hermana está comprometida. Hay una familia que proteger.
—¿Y yo qué era? ¿Una cartera con piernas?
Daniela lloró más fuerte.
—Estoy embarazada, Claudia.
La frase me atravesó. Por un instante todo se movió alrededor: el patio, el bote, el olor a papel quemado, la cara rígida de mi mamá.
Mi hermana estaba embarazada. Y en lugar de contarme, de pedirme ayuda, de decirme la verdad, habían armado una emboscada.
—¿Álvaro sabe?
Daniela no contestó.
Mi mamá se metió.
—Eso no importa. Lo importante es que no podemos dejar que pierda todo.
—¿Que pierda todo quién? ¿Daniela? ¿O ustedes, por firmar algo que no debían?
En ese momento, tocaron la puerta principal.
No fue un timbrazo normal. Fueron tres golpes secos, pesados, como si quien estaba afuera no pidiera permiso.
Todos volteamos.
Del otro lado se escuchó una voz de hombre.
—Don Manuel, ya se acabó el plazo. Abra.
Daniela soltó un gemido.
Mi mamá me agarró del brazo.
—Claudia, por favor, no digas nada. Si te ven, van a saber que ya puedes pagar.