Aunque la verdad era difícil de asimilar, vi su sinceridad y la innegable marca de nacimiento. Poco a poco, mi rabia se transformó en amor. Aun así, temía la reacción de mi familia. Por desgracia, tenía razón. Mi madre y mi hermano se burlaron de la explicación de Elena, me llamaron tonta e insistieron en que la bebé no era mía.
Una noche, sorprendí a mi madre intentando borrar la marca de nacimiento de la bebé con una toallita, desesperada por demostrar que Elena estaba equivocada. Ese fue el colmo. Le dije que se fuera y le dejé claro: o aceptaba a nuestra bebé o se marchaba de nuestras vidas.
Entre lágrimas, Elena sugirió una prueba de ADN para quedarme tranquila. Acepté, aunque ya le creía.
Los resultados confirmaron la verdad: nuestra hija era nuestra.
Cuando se lo mostramos a mi familia, se disculparon. Algunos lo hicieron con sinceridad, otros con reticencia, pero en ese momento supe que mi familia era perfecta tal como era.