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Ese filete perfectamente sellado puede parecer la opción más saludable del menú, pero no todos los mariscos son iguales. Detrás de una presentación elegante pueden esconderse problemas que no son evidentes a simple vista, como la contaminación por mercurio, prácticas de pesca insostenibles, daños ambientales y, en algunos casos, condiciones laborales o de cultivo cuestionables. Si bien el pescado puede ser una excelente fuente de proteínas y ácidos grasos omega-3 beneficiosos para el corazón, tomar decisiones informadas es tan importante como incluir mariscos en la dieta.

Algunas especies requieren especial atención. Los peces depredadores grandes y longevos, como el atún rojo, el pez espada, el reloj anaranjado y la lubina chilena, pueden contener niveles elevados de mercurio y, según la pesquería, también pueden presentar importantes problemas de sostenibilidad. Del mismo modo, ciertos mariscos de cultivo importados —como algunos camarones, salmón, tilapia y bagre— pueden provenir de explotaciones con diferentes estándares ambientales, de bienestar animal o laborales. Estas preocupaciones no son generalizadas, pero resaltan la importancia de saber de dónde provienen los mariscos en lugar de juzgarlos solo por su apariencia.

Afortunadamente, existen muchas alternativas responsables. Elegir mariscos y pescados provenientes de pesquerías bien gestionadas y acuiculturas de buena reputación contribuye a la salud de los océanos, a la vez que proporciona una excelente nutrición. Opciones como el salmón salvaje de Alaska, el bacalao del Pacífico, los camarones salvajes capturados en EE. UU., los mejillones, las sardinas, las anchoas y la trucha de cultivo responsable suelen considerarse alternativas con menor contenido de mercurio y más sostenibles.