La alegría que regresa suele ser lo más notorio. El lado juguetón que quizás ocultó durante años comienza a aparecer de nuevo. Ríe con más libertad, expresa curiosidad y se permite disfrutar de los pequeños momentos sin esperar a que algo salga mal. Esa felicidad no es una actuación ni una puesta en escena para complacer a los demás. Es un reflejo natural de quién es cuando finalmente se siente aceptada y comprendida.
Lo más poderoso de esta transformación es que la seguridad no crea una persona nueva. Revela a la persona que siempre estuvo ahí, bajo el miedo, el agotamiento y las capas protectoras. La mujer en la que se convierte no es alguien diferente; es la versión de sí misma que ya no necesita esconderse, encogerse ni estar siempre alerta ante el peligro. Cuando finalmente se siente lo suficientemente segura como para ser vista, no se convierte en alguien nueva. Simplemente se convierte en sí misma plenamente.